
A lo largo de estos dos cursos hemos vivido una experiencia especialmente significativa para la Fundación Escuela Teresiana: la primera promoción del Curso Superior de Identidad y Misión para educadores teresianos, una acción formativa que nació con el deseo de acompañar procesos de crecimiento personal, profesional e institucional, y que culmina ahora con la obtención del título propio de la Universidad Pontificia Comillas.
Durante dos semanas en cada curso, los participantes han podido detenerse. Y eso, en la vida diaria de un colegio, no es poca cosa. Han tenido la oportunidad de hacer una pausa, mirar con más hondura, compartir experiencia y volver a situar la misión educativa desde las raíces que nos sostienen, pero también desde el contexto actual en el que educamos. Porque este ha sido uno de los grandes ejes del curso: preguntarnos qué tiene que decir hoy la educación teresiana en un momento social y global marcado por la incertidumbre, la fragmentación, la velocidad, la desigualdad, la búsqueda de sentido y la necesidad urgente de cuidar los vínculos.
En medio de la intensidad cotidiana de los centros, este tiempo ha sido mucho más que una formación. Ha sido un espacio de encuentro, reflexión y toma de conciencia sobre lo que significa educar hoy desde una identidad concreta. Y es que la identidad teresiana no es solo memoria agradecida ni pertenencia institucional: es también una manera de mirar la realidad, de leer el presente y de responder a él desde una propuesta educativa profundamente humanizadora.
Este itinerario ha sido posible gracias a la colaboración entre la Fundación Escuela Teresiana, SM y la Universidad Pontificia Comillas, a quienes expresamos nuestro sincero agradecimiento. Su implicación, profesionalidad y confianza han permitido dar forma a una propuesta sólida, cuidada y con profundidad académica e institucional, conectada con los desafíos actuales de la educación: una alianza que ha dado consistencia, horizonte y sentido a esta primera edición.
Agradecemos también la labor de los facilitadores de los distintos módulos. Son personas con recorrido profesional, experiencia contrastada y una mirada capaz de iluminar la práctica educativa desde lugares muy diversos. Su aportación ha enriquecido estas semanas no solo por los contenidos trabajados, sino por su forma de acompañar, provocar preguntas, abrir horizontes y conectar la identidad teresiana con la vida real de nuestros colegios: las aulas, los equipos, las conversaciones, las decisiones pequeñas y grandes de cada día.
El curso nos ha permitido volver a las fuentes de nuestro carisma, acercarnos con mayor hondura a la intuición educativa de Teresa de Jesús y Enrique de Ossó, y preguntarnos cómo esa herencia sigue viva hoy, qué puede aportar un educador teresiano al mundo de hoy: una mirada que reconoce la dignidad de cada persona, una relación que cuida el encuentro, una palabra que construye, una presencia que acompaña, una educación que ayuda a crecer por dentro y a comprometerse con la realidad.
Esta primera promoción nos recuerda que la misión se sostiene con otros y que necesita personas capaces de ser referencia en sus centros. Necesita personas que, no siempre desde cargos directivos, pueden ejercer un liderazgo profundo, discreto y fecundo: un liderazgo carismático e identitario, capaz de acompañar procesos profesionales, cuidar la transmisión de la misión y ayudar a que la identidad teresiana se encarne en la vida cotidiana de cada colegio.
Nadie educa solo. Nadie acompaña solo. Nadie construye institución en solitario. Por eso necesitamos personas y espacios que nos ayuden a reconocernos parte de una historia común y, al mismo tiempo, responsables de seguir haciéndola fecunda en el presente.
Al cerrar este proceso, nuestra principal palabra de gratitud es para cada uno de los participantes. Durante dos cursos han dejado por unos días sus colegios, sus responsabilidades ordinarias y también su vida familiar para decir sí, con generosidad, a un proyecto que les pedía tiempo, apertura, profundidad y disponibilidad interior. Han sido el centro y el sentido de esta formación. En ellos reconocemos una manera concreta de cuidar el futuro de la Escuela Teresiana. Ellos son, en buena medida, la certeza de que nuestra misión sigue viva: una misión que se construye con otros y se ofrece al mundo como una forma esperanzada de educar, acompañar y transformar la realidad.