
«No sabemos exactamente adónde nos llevará este camino, pero tenemos claro que queremos recorrerlo juntos como Familia Teresiana.»
Con esa convicción comenzó hace unos meses un proceso compartido entre la Fundación Escuela Teresiana (FET), el Movimiento Teresiano Apostólico (MTA), la Fundación Enrique de Ossó (FundEO) y la Pastoral Juvenil de la Compañía de Santa Teresa (PJVT), nacido de una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, profundamente desafiante: ¿qué tenemos que aprender y desaprender para responder hoy, juntos, a la llamada de Enrique de Ossó a caminar con los jóvenes?
Más que diseñar un nuevo plan de pastoral juvenil, hemos querido detenernos para escuchar. Escuchar la realidad, escucharnos entre instituciones, escuchar a quienes llevan años acompañando procesos… y, sobre todo, escuchar a los propios jóvenes. Porque si algo hemos descubierto desde el inicio es que no podemos seguir pensando la pastoral juvenil sin ellos.
El proceso se ha ido construyendo desde una lógica profundamente sinodal. Hemos reunido en la misma mesa a personas de diferentes instituciones, generaciones, sensibilidades y experiencias, convencidos de que el Espíritu habla también a través de la diversidad. Para ello hemos optado por metodologías de discernimiento compartido, como los círculos de escucha, que nos han ayudado a pasar de la conversación al encuentro y del debate a la escucha profunda.
Quizá uno de los mayores aprendizajes ha sido descubrir que no necesitábamos empezar buscando respuestas. Al contrario. Hemos necesitado formular mejores preguntas, reconocer nuestras resistencias, soltar inercias y aceptar que algunos procesos requieren tiempo. Frente a la tentación de ofrecer soluciones rápidas, hemos elegido una «cocción lenta»: abrir mente, corazón y voluntad para dejarnos transformar antes de pretender transformar la realidad.
En las conversaciones fueron apareciendo con naturalidad algunas llamadas compartidas: pasar de los «apellidos» institucionales a reconocernos cada vez más como Familia Teresiana; sustituir los prejuicios sobre los jóvenes por una escucha confiada; flexibilizar estructuras para responder mejor a las nuevas realidades; favorecer un liderazgo juvenil auténtico y fortalecer el acompañamiento como eje vertebrador de toda la pastoral.
Lo más esperanzador es que el proceso no termina con los encuentros celebrados. La hoja de ruta que hemos construido entre todos contempla seguir ampliando la escucha, incorporar más jóvenes al discernimiento, contrastar nuestra reflexión con otras instituciones y poner en marcha pequeñas experiencias piloto que permitan convertir las intuiciones en experiencias concretas. Todo ello sin perder el horizonte que ha guiado este camino desde el principio: responder juntos a la llamada de caminar con los jóvenes, con humildad, creatividad y confianza en que el Espíritu sigue abriendo caminos nuevos.
Porque quizá el primer fruto de este proceso no sea todavía un proyecto terminado, sino una convicción compartida: que, en la pastoral juvenil, el camino recorrido juntos ya forma parte de la respuesta.